Es la historia de un amor como no hay otro igual (parte II)

Pues bien, iba a estar bastante complicada la situación si no tenía el número de teléfono de Tany para llamarla e invitarle un café (por allá en el año 2001 pensaba que era bien cool invitar a una chica a tomar un café). Así que tuve que ser recursivo y creativo.

Primero le pedí el número de ella a nuestro amigo en común (el del cumpleaños, donde nos conocimos) y pues para que me lo diera tuve que pasar por un interrogatorio: “¿y para qué lo quieres?” “¿Qué vas a hacer?” “¿Por qué la vas a llamar?” Ni el FBI hace tantas preguntas. Después de salir bien librado de esa preguntadera, conseguí el teléfono. La primera parte del plan estaba completa.

Ahora, tienen que tener en cuenta algo: Era un número de un teléfono local, cero celular. No sé si sabrán esto pero en los años 1600 los celulares no estaban tan de moda y uno tenía que llamar a la casa y llamar a una casa era toda una experiencia y en ocasiones un deporte extremo.

Cuando llamas a un celular sabes que te va a contestar el dueño del celular o esto pasa en la mayoría de los casos, en casos aislados puede contestar la persona que se acaba de robar ese celular. Pero dejando al hampa de lado, casi siempre contesta el dueño del celular. Ahora, cuando llamas a una casa, es como una ruleta porque cualquiera de las personas que viven en esa casa puede contestar el teléfono y allí ya empieza el psicoterror.

Jóvenes y despreocupados. 🙂

Aunque yo ya sabía que Tany vivía sola, así que ese paso del psicoterror me lo saltaba, ¿o no?

Pues no, no me lo saltaba porque cuando uno está emocionado por hablar con alguien los nervios hacen su jugada. Tuve el numero de Tany durante más o menos un mes antes de reunir el valor suficiente para llamarla. Aunque era guapo por fuera (soy bien tímido por dentro) y lo de hablar con las niñas no era algo que se me daba muy bien.

En fin recolecté todo el valor que pude en mi metro noventa y siete de estatura y la llamé.

-Ring… ring… ring… ring.

Ese teléfono repicaba y repicaba y nadie agarraba.

-Ring… ring… ring… ring.

Ah no, allí fue, no ha nadie en casa. Cuando estuve a punto de colgar el teléfono escucho.

-¿Alo?

Y las manos me empezaron a sudar y las piernas me empezaron a temblar

A partir de aquí T es por Tanyluz y A es por Andrés

A: -Aló (respondí yo mientras se me iban los gallos, que vergüenza). Hola, soy Andrés, no se si te acordaras de mi, soy amigo de (nombre). Nos conocimos en su cumpleaños. (wachu wachu) me dio tu número.

T: -Si claro que me acuerdo. ¿Cómo estas?

A: -Bien, bien. ¿Quería saber cómo estás tú?

T: -Ah pues yo muy bien chévere.

Ustedes no se imagina lo que me costó a mí, con los nervios que tenía, mantener una conversación coherente e interesante con esa mujer que debería estar pensando: “¿Por qué este tipo me está llamando?”. Pero lo logré y entre preguntas, respuestas, anécdotas e ir descubriendo que cosas teníamos en común, una conversación que empezó a las 8 de la noche terminó a las 2 de la mañana.

Cuando nos despedimos quedamos en volver a hablar y yo me acosté pensando que había sido un muy buen primer pasó (en toda relación más o menos normal claro que hubiera sido un muy buen primer paso, pero esta relación no es de todo menos normal).

“Es la historia de un amor como no hay otro igual… que me hizo comprender todo el bien, todo el mal…”

(Continuara.)

Author: Andrés Schmucke

Creador de Contenido, Conferencista, TEDx Speaker, Blogger, Podcaster y lo más importante de todo, Papá.

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